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  • Alejandro Martín

El papel de la escucha activa en la relación de ayuda.


A las personas les ha concedido la naturaleza dos orejas y una sola lengua,

para que escuchen el doble de lo que hablan.

Epícteto de Frigia.

Comenzamos a continuación una serie de post sobre el papel de la escucha activa en las relaciones de ayuda. En múltiples ocasiones, nos enfrentamos a situaciones en las que nos vemos en la necesidad de ofrecer consuelo, orientar o sustentar emocionalmente a alguien próximo (pareja, amigos, familiares) o ajeno (por ejemplo, a la hora de ofrecer auxilio psicológico en situaciones de catástrofe o emergencias.

A veces no sabemos qué decir. Otras veces, en el peor de los casos, creemos que tenemos la solución o la palabra balsámica apropiada y nuestro furor curandis, nos lleva a ofrecer soluciones que lejos de ayudar, producen mayor sufrimiento o anclan aún más a la persona en su problema.

Pero tenemos una buena noticia. Si queremos prestar una ayuda valiosa, no precisamos ser grandes eruditos ni dominar una determinada materia. La clave está en bajar la voz y aumentar "el volumen de nuestros audífonos". Esto es, en escuchar de forma plena y activa. No es tarea fácil, pero se puede mejorar mucho con un entrenamiento consciente.

El déficit de comunicación se halla en la base de múltiples problemas de ámbito relacional: relación de parejas, relación entre madres y padres con sus hijos, relaciones sociales y de amistad, relaciones verticales y horizontales en el ámbito laboral, etc.

Y dentro de los fallos en comunicación, uno de los que más peso tiene, es el ejercicio incorrecto y deficitario de la escucha. Sí, algo que parece tan sencillo y evidente y para lo que nadie nos ha enseñado ni entrenado, deviene lo más complejo de modificar y mejorar. Y a pesar de ello, vemos que hay más interés y oferta formativa en acciones que tiene que ver con el desarrollo de habilidades y competencias de emisión de la comunicación, frente a las que tienen que ver con la mejora en el proceso de recepción de la misma. En efecto, nos sentimos interesados por manejar el impacto de nuestra comunicación, ser más persuasivos y brillantes. Pero, desarrollar la escucha ¿para qué? Ya que asumimos que tenemos esta capacidad instaurada “por defecto en nuestro sistema operativo”.

Nada más lejos de la realidad. Nuestra capacidad de escucha suele estar alterada y mermada por multitud de condicionantes biológicos, psicológicos y sociales. Y una comunicación en la que falla la escucha, es una comunicación fallida que redundará en una erosión y empobrecimiento de la relación.

Y si bien el cuidado de la escucha es esencial en cualquier aspecto y dimensión de la relación, es en las relaciones de ayuda donde gana especial relieve. Si queremos ayudar verdaderamente a alguien a clarificarse, mejorar su estado anímico o avanzar en su desarrollo, la escucha activa constituye la piedra angular.

Carls Rogers fue uno de los pioneros en la psicología moderna en destacar el potencial que la escucha tenía en la relación terapéutica. Su papel va más allá de ayudar a cerciorarnos de que lo que recibe el terapeuta se aproxima a lo que realmente piensa y siente el paciente.

Además y fundamentalmente, la escucha en sí, encierra un poder de sanación y de transformación de la persona. Cuando ésta se siente escuchada, aceptada y acompañada emocionalmente; es decir, verdaderamente apoyada, siente la confianza necesaria como para liberarse de inhibiciones y de asideros que le impedían enfrentarse a la situación, movilizar sus propios recursos, aclarar sus pensamientos, sentirse mejor y desarrollar y mejorar sus capacidades de afrontamiento a situaciones estresantes y adversas.

Para comprender los beneficios de la aplicación de la escucha activa, conviene plantearnos en profundidad en qué basamos el encuentro con los otros. Podemos darnos cuenta que no en todos los casos, somos capaces de mantener un virtuoso término medio, sino que habitualmente caemos en alguno de los siguientes extremos, los cuales ponen en peligro la relación:

  • La relación se centra en mí y el otro es una extensión mía. O por el contrario,

  • Yo me anulo en función del otro.

Se adoptan estas actitudes para evitar conflictos, pero a la larga generan mucho desgaste, lo cual lleva a una relación insatisfecha, pudiendo provocar la ruptura de la propia relación. Para que una relación sea sana y satisfactoria, es fundamental para que se mantenga la relación que estemos “yo” y el “otro”.

La relación nos enriquece, nos amplia nuestro mundo de vivencias y capacidad de enfoque, nos confiere apoyo y sustento emocional. Pero a veces el encaje no es perfecto entre lo que demando o necesito del otro y lo que éste me puede ofrecer en el momento. De ése desajuste surgen los conflictos. El conflicto no significa el fracaso de la relación, sino que es inherente a la relación. La falta de conflicto sí es sin embargo, sospechosa: O estoy negando al otro o me estoy negando a mí. Lo mismo podemos decir, respecto al otro: o me está negando o se está negando.

Por lo tanto, el conflicto es inevitable y forma parte de la relación. La cuestión clave es cómo manejamos el conflicto. En el mundo real, siempre hay cosas que nos gustan y otras que no. Y las relaciones forman parte del mundo real. Luego en toda relación hay cosas que nos gustan y otras que no.

La aceptación de este hecho es el primer paso en la construcción de una relación sana y sólida. Pero ello no implica que debamos tratar de ser incondicionalmente aceptantes del otro. Siempre hay algo que nos molesta del otro y algo que al otro le molestará de nosotros. Y frecuentemente, como ya señalaba Carl Jung, aquello que nos molesta especialmente de los otros se deba a algo que tiene que ver con nuestras áreas obscuras o aspectos problemáticos de nuestra propia forma de ser.

Igual que no podemos ser incondicionalmente aceptantes, tampoco podemos ser consistentes. El ser humano fluctúa en función de factores y condicionamientos externos o internos (soy más tolerante cuando estoy contento y descansado, que cuando estoy preocupado).

La relación de ayuda sólo puede darse cuando el otro tiene un problema y ése problema, a mí no me crea problema. Si intentamos ayudar cuando el otro tiene un problema y a mí me causa problema, estaremos proporcionando una ayuda espuria porque estaremos tratando en realidad de resolver nuestro propio problema. Si el otro emite un llanto y yo estoy tratando de que deje de llorar porque me angustia, estoy actuando en función mía.

En estos casos se pueden producir dos situaciones: o que el que intenta ayudar abandona (es tu problema y resuélvelo tú) o que la otra persona se retraiga para evitar causar un problema al otro cuando en realidad es suyo.

Para poder ayudar con autenticidad, el ingrediente fundamental es la aceptación de esa persona en esa situación. Lo que no significa que hay que ir siempre por la vida aceptando al otro, de ser así nos despersonalizaríamos. Se trata de mantener la realidad de las dos partes.

Aceptar que una persona está en conflicto no significa que le condenemos a seguir en él. Si no que asumir el punto y momento en el que se encuentra y no, perdernos en especulaciones sobre dónde debería estar. Es lo que tiene y es de donde hay que partir.

Una persona que se siente aceptada se siente con permiso de ser y este es el mejor punto de partida para la ayuda. Una vez que se sienta aceptado, ya puede pasar página. Hasta entonces estará explicándose y justificando su posición, lo que le llevará a la fijación.

Continuaremos en próximos posts. Echa un vistazo al vídeo de animación que ilustra y acompaña el presente post.

#Escuchaactiva #ayudapsicológica #coaching

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Colegio oficial de Psicólogos de Madrid
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